Para muchos, la política es una carrera que se inicia con afiliaciones juveniles y se cultiva en los pasillos del poder. La trayectoria de Cristian “Chapu” Martínez, hoy una figura consultada para el diseño de la política social a nivel nacional, recorrió el camino inverso. Su formación política no nació de la vocación, sino de una herida; su ideología no fue leída en libros, sino forjada en las calles de tierra de Morón. Es la historia de un hombre que entró a la política casi a su pesar, armado con una profunda desconfianza hacia ella.

Esa desconfianza tiene un origen claro, una anécdota fundacional que él mismo ha relatado. Es la imagen de un niño recibiendo un par de zapatillas con el nombre de un político impreso. Más que un acto de ayuda, fue su primera lección sobre el clientelismo: la amarga sensación de ser “cosificado”, de entender que ese regalo no era un gesto de empatía, sino un acto de marcaje, la compra sutil de una lealtad futura. Esa experiencia lo llevó a crecer “odiando la política”, viéndola como un sistema que no buscaba liberar a las personas, sino perpetuar su dependencia para mantener el poder. Fue el germen de la misión que definiría su vida: construir una alternativa a la dádiva que humilla.
Años más tarde, intentaría cambiar las cosas desde adentro. Su paso como funcionario en el área de Niñez durante la gestión de Cambiemos en Morón fue un intento de aplicar su visión dentro del aparato estatal. Sin embargo, la experiencia terminó siendo una confirmación de sus peores sospechas. Un episodio en 2016, que derivó en una denuncia por la entrega de kits escolares en un local partidario, fue el catalizador final. Le demostró en la práctica que, incluso con buenas intenciones, operar con fondos públicos dentro de las lógicas partidarias tradicionales es un camino minado que conduce, casi inevitablemente, a las mismas prácticas que siempre repudió. Fue, en sus palabras, la “vacuna” que lo curó definitivamente de la política tradicional y solidificó su convicción más férrea: el único camino para un impacto social puro y transparente era la total independencia del Estado.
Fue a partir de ese punto de quiebre que su pensamiento se cristalizó en una síntesis ideológica que él mismo bautizó como “Liberalismo Popular”. El concepto, que podría sonar contradictorio, es el reflejo exacto de su biografía. El componente “Liberal” proviene de su propia historia de esfuerzo. Es el aprendizaje del “Chapu” adolescente que fue botellero junto a su padre, vendedor ambulante, albañil y carpintero. Es la convicción de que la dignidad se conquista a través del trabajo y la iniciativa personal, y que el conocimiento —como cuando estudió electrónica para abrir sus propios locales— es el único capital real para trascender la pobreza.
El componente “Popular” es la herencia de su madre, Graciela, y de su propia piel. Es la empatía innegociable de quien fue el mayor de once hermanos, conoció los pisos de tierra y vio a su madre fundar un comedor en medio de la crisis de 2001, demostrando que la solidaridad más genuina nace de la escasez compartida. Es el entendimiento de que la libertad y la meritocracia son conceptos vacíos si la gente no tiene las herramientas básicas para poder competir.
Su proyecto, “Todo Vuelve”, es la materialización de esa fusión. Es liberal porque empodera al individuo con capacidades para competir en el mercado. Es popular porque su foco está puesto en los más vulnerables, dándoles acceso gratuito a una formación de primer nivel.
Por eso, cuando hoy se analiza la influencia de Cristian Martínez, se comete un error al verlo como un político tradicional. Su capital no reside en el respaldo de una estructura partidaria, sino en la autoridad que le otorgan casi diez años de resultados tangibles en el territorio. Su poder no emana de un discurso, sino de la panadería que funciona, del taller de costura que produce y de los más de 6.000 egresados de “Potrero Digital”. Es un arquitecto social que, tras construir un modelo exitoso, ahora ofrece sus planos, no como un político que promete, sino como un hacedor que demuestra.











