Un escándalo sin precedentes amenaza con hacer temblar los cimientos de la justicia argentina. Mientras la fiscalía mantiene un silencio cómplice, la defensa de Konstantin Rudnev, el enigmático ruso demonizado por la opinión pública, salió a destrozar la causa, revelando una trama de incompetencia, prejuicios y presuntas ilegalidades que deja al sistema judicial al borde del papelón.
En un giro que desmorona por completo el relato oficial, Carlos Broitman, abogado de Rudnev, lanzó la acusación más lapidaria: la mujer que supuestamente originó todo este circo mediático JAMÁS se consideró una víctima. “La presunta víctima ya en cámara Gesell fue conteste de que ella no era víctima de ninguna organización”, disparó Broitman, dejando en ridículo meses de una investigación que ahora parece un castillo de naipes. Lejos de la fábula del secuestro, la verdad sería mucho más cruda: una mujer escapando del infierno de la violencia de género en su país.
De una “Sospecha de Enfermera” a una Cacería de Brujas
¿Cómo se construyó esta monstruosa acusación que mantiene a un hombre al borde de la muerte en prisión? La respuesta es tan absurda que indigna. Según el letrado, todo nació de la “sospecha infundada” de una enfermera que, por pura ignorancia y prejuicio cultural, vio a una joven rusa con traductora y “empezó a pensar que estaba secuestrada o iba a vender el bebé”.
Lo que debió ser descartado como un disparate mayúsculo fue, increíblemente, el combustible que la fiscalía utilizó para montar un “show mediático” y una persecución feroz. ¿Las pruebas? Inexistentes. ¿El móvil? Un peligroso cóctel de xenofobia y estigma contra un opositor de Vladimir Putin que pasó 11 años en una cárcel de Siberia. “Por esos antecedentes ya pensaban que él tenía una secta”, denunció Broitman, exponiendo la fragilidad y la malicia de una justicia que juzga por prontuario y no por hechos.
“Quiero un Juicio Mañana”: El Desafío a una Fiscalía que se Esconde
Con una vehemencia que clama justicia, el abogado defensor desnudó las prácticas bochornosas de los investigadores. Aseguró que las pericias telefónicas “dieron todas negativas” y lanzó una bomba que debería provocar renuncias masivas: acusó a la fiscalía de realizar “traducciones erróneas con Google” para forzar una narrativa que se cae a pedazos y de ejecutar “tareas de inteligencia ilegales”.
El hartazgo es total. La defensa ya no pide, exige. “Quiero un juicio mañana. Lo quiero ahora”, retó Broitman, seguro de que ante un tribunal imparcial podrá “destruir la prueba, porque no hay elemento alguno”.
La situación es límite. Rudnev, con un estado de salud cada vez más delicado, se apaga en su celda mientras la burocracia judicial se toma su tiempo. “Si sigue en esas condiciones, puede terminar sin vida en el lugar”, alertó su abogado. La pregunta ahora flota en el aire, cargada de indignación: ¿Está la justicia esperando un desenlace fatal para no tener que admitir su catastrófico error? ¿Quién se hará cargo de este escándalo?












